viernes, 14 de octubre de 2011

Los otros continentes



De ciertas aventuras, que se desarrollan en Europa  meridional y África del Norte …



Para las fiestas de su  primer año europeo,  primera  navidad de invierno, Marcelo y Ana,  colegas sudacas ex compañeros de facultad, le invitaron a pasar el capo d´ ano, en Torino, aquella ciudad tan elegante del  Piamonte. La idea era una cena con varios amigos, oriundos de distintos sitios, en su mayoría  bijuteros, (Marcelo y Ana lo eran anque), para la cual, cada uno aportaría productos tradicionales de sus lugares de residencia, en su caso, procedente de España, y por un tema presupuestario, eligió turrones de Alicante, y fue así, que en la cena de nochebuena, compartieron champagne francés, vinos y panettones italianos, alrededor de  un tradicional pavo relleno, a cargo de los anfitriones.  

Se embarcó, en el puerto de Barcelona, en un crucero con destino al mítico fondeadero de  Génova, desde donde, por tren, llegaría a Torino.  Cabe aclarar, que además del turrón, Marcelo le pidió una chinita de hachís del moro, sugerencia que acepto, demostrando una inconciencia típicamente veinteañera… ( esto desde su perspectiva cincuentona actual)

Al atardecer, en la cubierta, abrigados contra el frio viento del norte, en pleno mare nostrum, se armó un corro, en el cual, alemanes, ingleses, italianos y argentinos cantaron, contaron chistes y fumaron del humo del olvido de los griegos, en una seductora, exótica y divertida comunión…allí lo conoció, entre otros, a Luigi, un tano del sur, que viajaba con su novia, vendiendo corbatas y perfumes de contrabando.

Al amanecer se recortó la figura del puerto, una bahía inmensa delimitada por una paisaje que le recordó por un momento, a los morros brasileros.

Bajó por la pasarela, rumbo a la inspección de la aduana…al pasar junto a un oficial de la policía con un perro, reparo en el uniforme de los vigili, con sus sacones de cuero negro largos y sus botas relucientes, le recordaba demasiado a la Italia fascista, habría que proponer un cambio de look caviló entonces…

Fue mientras pensaba aquellas boludeces, cuando escucho la voz de alto, mientras el perro cabrón, no dejaba de olfatearle el bolsillo trasero del pantalón, donde estaba su billetera, el oficial, entonces, le pregunto si tenía hachís, a lo cual respondió, con una pelotudez casi absoluta, que el perro estaba equivocado, ya que había fumado a bordo … bla bla, a lo cual el oficial, con un cierto gesto de a mí no me jodas pendejo, le contesto, muy amablemente, que era imposible que el perro se equivocara, mientras el pichicho, ya casi en estado de abstinencia, no separaba su húmeda y alcahueta nariz de su, a esa altura de los acontecimientos, fruncido culo…

Vencido por la evidencia confeso y entrego la chinita, que luego, una vez que escribían la denuncia, resulto pesar  uno virgola cuatro grammi, y como a confesión de partes, relevo de pruebas, lo pusieron a disposición de un juez conduciéndolo a su despacho, dentro de un edifico con amplias galerías porticadas, el magistrado resulto ser, un viejito muy cachondo, le paso una comunicación con el consulado argentino, desde el cual, un funcionario lo cago a pedos en nombre de la decencia y el prestigio de los argentinos, lo cual, con la perspectiva de los años, veía un poco exagerado, no les parece?

Su señoría, fue el siguiente a cagarlo a pedos, tu sei un stronzo! Le decía, mientras se dirigía a una gran ventana abierta que dominaba la ciudad…el problema no era la tenencia…. Incluso le dijo que en la plaza frente al edificio podía comprar…el problema era el tráfico de un país a otro…pero considerando la cantidad y etc etc quedaba libre, acto seguido y en un nuevo episodio de pelotudez le pregunto si ahora que estaba todo aclarado se le iba a reintegrar el hachís incautado, a lo cual el juez señalo la puerta, sin esgrimir parole.

Fuera del edificio estaban Luigi y so novia, se abrazaron y decidieron ir a festejar el final feliz de aquel incidente, a alguna trattoria del puerto donde sirvieran, la especialidad genovesa, unos buenos spaghettis al pesto, rociados con un generoso chianti.

A la tarde se despidieron y partió rumbo a Torino en tren.

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